Etiqueta: literatura juvenil

  • Los Juegos del Hambre – Suzanne Collins

    Los Juegos del Hambre – Suzanne Collins

    Releer Los juegos del hambre siendo adulta ha sido una experiencia muy distinta a la primera vez. No porque el libro haya cambiado, sino porque yo sí lo he hecho. Cuando lo leí por primera vez era bastante joven y entendía muy poco de política; ahora sigo sin entenderla del todo, pero lo suficiente como para que el Capitolio me dé mucho más miedo del que me daba entonces.

    En esta relectura, el Capitolio ya no es simplemente “el villano”. Es el sistema. Un sistema que lo controla absolutamente todo, donde no hay margen de error y donde cada regla puede cambiar en cualquier momento. Esa sensación de control total, de perfección fría, es lo que más me escandaliza. No tanto la violencia explícita, sino la certeza de que todo está calculado, medido y pensado para que nadie pueda escapar.

    Hay aspectos de la estructura de los distritos que siguen sin terminar de encajarme. Nunca he entendido del todo por qué existe la figura de un alcalde o por qué hay clases sociales dentro de distritos que, en teoría, son de los más pobres, como el Distrito 12. Es una jerarquía que me resulta confusa y que he asumido que quizá nunca comprenderé del todo. Aun así, esa incoherencia no debilita la historia. Al contrario: refuerza la idea de que el sistema no necesita ser lógico para ser opresivo.

    Desde el principio, la historia es bastante directa. La siega es previsible: siempre tuve claro que iba a salir el nombre de Prim. Y también que no sería ella quien fuera a los Juegos, porque narrativamente no tendría sentido. Katniss tenía que ser la voluntaria. En ese aspecto, el libro, como novela juvenil, es muy straightforward. Sabes lo que va a pasar. Pero eso no le resta impacto emocional. Lo esperas… y aun así duele.

    El viaje al Capitolio deja muy claro qué distritos están alineados con el poder y cuáles no. Aunque cada uno tenga una función concreta, las diferencias sociales son evidentes. Y eso vuelve a plantear una pregunta incómoda: ¿por qué fomentar desigualdad incluso dentro de los propios distritos? La respuesta parece clara: dividir siempre es una forma eficaz de control.

    Toda la fase de preparación, estilización y entrevistas me parece especialmente interesante. Entiendo perfectamente por qué “tunean” a los tributos, sobre todo a los que vienen de distritos más pobres. Necesitan hacerlos atractivos para el público, conseguir sponsors, vender una historia. Y, sinceramente, no me parece una idea descabellada. Vivimos rodeados de espectáculos donde nadie sale a cámara tal y como es. Maquillaje, peluquería, narrativa prefabricada. Pensar que en los realities actuales la gente “sale como viene de casa” es una fantasía. En ese sentido, Los juegos del hambre no exagera tanto como creemos.

    Los personajes secundarios han cambiado mucho para mí con esta relectura. Hay algunos que ahora me generan mucho más rechazo que antes, sin matices. Otros, en cambio, ganan muchísimo. Cinna, Caesar y, sorprendentemente, Effie. De adolescente la odiaba con todo mi ser; ahora la veo como alguien profundamente humana, atrapada en su papel, cumpliendo lo que se espera de ella dentro de la clase alta del Capitolio. Leer la saga completa y tener perspectiva lo cambia todo.

    El ritmo del libro sigue pareciéndome muy sólido. Es juvenil, sí, pero no es lento ni evita los momentos importantes. No se salta lo duro ni lo edulcora en exceso. Está bien medido. Un detalle que había olvidado —culpa directa de las películas— es que a Peeta le falta una pierna. En el libro es relevante, pesa, importa. En el cine prácticamente desaparece, y eso suaviza una historia que, en el texto, resulta mucho más cruda.

    El inicio de los Juegos sigue pareciéndome una de las escenas más brutales del libro, incluso más que muchas muertes posteriores. Es un auténtico baño de sangre: todos contra todos, el caos absoluto alrededor de la Cornucopia. Ahí podrían haber salido las cosas muchísimo peor. Podría haber muerto mucha más gente. Yo tengo claro que no habría tenido la valentía de lanzarme a por la mochila; me habría adentrado en el bosque… y probablemente habría muerto sin nada. Esa escena resume perfectamente la crueldad del sistema: el Capitolio no necesita matar directamente, solo crear las condiciones para que casi cualquier decisión sea mortal.

    La violencia que más me impacta no es la de los tributos. A ellos los ves venir. Sabes que quieren sobrevivir, sabes que están en tu contra. Lo verdaderamente aterrador es el Capitolio: invisible, imprevisible, manejado por mentes que no puedes anticipar. Esa crueldad política me resulta mucho más mortífera que cualquier arma en la arena.

    La alianza con Rue sigue siendo devastadora. Rue es Prim. Para Katniss y para el lector. Su muerte la destroza, y a mí también me destrozó. La primera vez que leí esa escena tuve que dejar el libro durante dos semanas. No porque yo estuviera en un punto especialmente vulnerable, sino porque el libro estaba tan bien enfocado que necesitaba ese duelo. Me había llegado de lleno. Y eso dice mucho de la obra.

    La regla de los dos vencedores me enfadó profundamente. Es evidente que es una mentira, una farsa creada por el Capitolio para exprimir al máximo la narrativa de los dos enamorados. Como lectora lo ves venir. Aun así, entiendes perfectamente por qué Katniss y Peeta se aferran a esa idea: la necesitan para sobrevivir. No es ingenuidad, es desesperación.

    La farsa romántica existe desde el principio, al menos para Katniss. Pero funciona porque, sin querer nombrarlo, sin permitírselo, ella se va enamorando de Peeta poco a poco. Y eso la hace creíble. Muchas de sus decisiones no nacen del sentimiento, sino de la estrategia, de la voz de Haymitch en su cabeza recordándole qué debe mostrar y qué no. Katniss no quiere parecer vulnerable. No quiere que el Capitolio vea sus grietas. Por eso se construye dura, incluso cuando ya no lo es.

    Y entonces llegan los mutos. Los monstruos que persiguen a Cato en el clímax final. Pensar que no son simples bestias, sino los cuerpos de los tributos muertos transformados, es uno de los golpes más crueles del libro. Porque eso significa que Katniss tiene que enfrentarse, simbólicamente, a quienes ya han muerto. Y entre ellos, Rue. Eso implica verla morir dos veces. Matarla dos veces. Primero en la arena, luego convertida en arma del sistema que la asesinó. Me parece una de las crueldades más perversas del Capitolio, porque no se conforma con quitar vidas: también profana el duelo. No permite que la muerte sea un final. El horror tiene que continuar.

    El final fue lo único que no pude prever en mi primera lectura. No sabía que había una continuación. Pensé que iban a morir los dos. Pensé que ahí se acababa todo. Y con ellos, yo también. Literalmente. El gesto de las bayas me aterrorizó. Después, con la saga completa leída, me alegro de que sobrevivan… aunque también me duele todo lo que tienen que arrastrar después. Incluso cuando alcanzan su final feliz, llegan rotos.

    Releer Los juegos del hambre no ha sido volver a una historia conocida, sino entenderla de otra manera. El horror ya no está solo en la arena, sino en el sistema que la hace posible. Y Katniss sigue siendo lo que siempre fue: no una heroína perfecta, sino una antihéroe rota que sobrevive como puede. Por eso sigue funcionando. Por eso sigue doliendo.


    ¿Hubo alguna escena que te obligara a cerrar el libro y respirar, como si el duelo también fuera tuyo?

  • Reckless – Lauren Roberts

    Reckless – Lauren Roberts

    Reckless llegó a mis manos en un contexto muy concreto y muy personal. Venía de leer Powerless a una velocidad casi absurda, usándolo como mecanismo de supervivencia durante la operación de cáncer de mi madre. Quizá por eso mi obsesión con la saga fue tan intensa al principio… y quizá por eso también se fue apagando poco a poco. No quise esperar a la traducción y lo leí en inglés sin ningún problema, pero ahí sentí que algo cambiaba.

    reckless de lauren roberts
    reckless de lauren roberts

    Aun así, Reckless me gustó. Y bastante. Sobre todo porque no se parece en nada a la primera entrega. Powerless me había dejado una sensación constante de estar leyendo una copia algo descafeinada de Los juegos del hambre. En cambio, Reckless es otra cosa: aquí Pae ya no es una participante, es una fugitiva. El tono cambia, el ritmo también, y la historia se siente más propia.

    Uno de los mayores aciertos del libro es ver cómo Kai empieza a caer, poco a poco, a los pies de Pae. Esa tensión, esa atracción inevitable, ese desgaste emocional… funciona. Mucho. Pero también fue lo que más frustración me generó durante la lectura.

    Porque aunque entiendo que Kai tiene una misión, y que esa misión implica obedecer al rey, no me encaja que rompa de golpe las reglas que ha seguido toda su vida —reglas en las que cree de verdad, con cabeza y corazón— por una vulgar a la que acaba de conocer. ¿De verdad deja de ser quien es por su salvadora de plata? ¿Alguien sin alma, sin corazón, vencido tan fácilmente? Entiendo que Pae le intrigue porque no puede descifrarla ni tomar su poder, eso tiene sentido. Pero plantearse dejarla libre solo por debilidad emocional… ahí me chirría.

    Kitt, en cambio, me dio pena durante todo el libro. Yo estaba esperando —casi deseando— el resurgir de un villano aún peor que su padre. Ese giro oscuro, ese “ya está, se rompió”. No sé si llegará en Fearless, pero aquí me quedé con esa espinita clavada.

    Siento que Reckless avanza sobre todo la relación entre Pae y Kai, no tanto la trama general. Al final, el conflicto sigue siendo el mismo desde el principio: Kai tiene que llevar a Pae ante el rey para su ejecución. Todo lo demás gira alrededor de eso, sin grandes desviaciones.

    Aun así, el libro me dejó con muchas ganas de continuar la historia. El problema fue que, cuando lo terminé, Fearless no existía ni siquiera en inglés. Tocó esperar… y centrarme en otras lecturas para no morderme las uñas.


    ¿Te convenció la evolución de Kai o también sentiste que traicionaba demasiado rápido todo aquello en lo que creía?